Una turista primípara en París – Lucía en el País de la Cerveza

La vida tiene a veces unas casualidades increíbles. Issaelk, un amigo mexicano que conocí hace varios años en HL y que sólo había visto de frente por unas horas cuando fui al DF, estaba viviendo Francia. Pero no en cualquier lado de Francia, sino en una de las ciudades más cercana a la frontera con Alemania: Metz. Quedaba incluso más cerca de Saarbrücken que Luxemburgo. Cuando supimos que íbamos a estar tan cerca quedamos de encontrarnos, y aprovechando que él tenía que ir a París el 18 de Marzo y yo no conocía, escogimos esa ciudad como punto de encuentro.

Ir en tren era muy caro y el bus salía de un punto de la ciudad que no conocía, así que decidí usar por primera vez una opción de la que me habían hablado varias personas, pero que los colombianos no tenemos en cuenta: Mitfahrgelegenheit o carro compartido (algunos lo conocen como “Carpooling”). Me registré en la página (aunque luego me di cuenta que no era necesario), busqué alguien que fuera a París el viernes y lo contacté. Con mi alemán chapuzado logré reservar un puesto en el carro: me saldría por 25€, un tercio de lo que saldría por tren. No voy a negarlo, tenía muchos nervios de encontrarme con un desconocido y montarme en su carro en un viaje de por lo menos 3 horas. Pero estaba allí para experimentar cosas nuevas, allá eso era normal y había decidido tener un poco más de fe en la humanidad.

El conductor era turco y los demás “mitfahrer” (compañeros de carro) eran un alemán/francés y un árabe. Comenzamos el trayecto y en la frontera, que queda a 5 minutos de la ciudad, nos paró la policía fronteriza a revisarnos papeles. Luego me enteré que esto pasa realmente MUY pocas veces. Yo tenía mi pasaporte en mano, pero como buena colombiana que soy me daba mucho miedo la policía fronteriza. En los minutos que tardaron revisando a los demás pasaron por mi cabeza diez mil situaciones, y todas terminaban en mi siendo deportada a Colombia sólo 3 semanas después de haber llegado a Europa. Para empeorar la situación los policías como buenos franceses que son y perpetuando el estereotipo, no hablaban otro idioma que francés, el cual sólo una persona de ese carro entendía. Pero nunca me llegaron a preguntar a mi, porque el árabe no tenía documentos y debían solucionar eso… nosotros dijimos que sabíamos quién era, pues lo habíamos conocido hace sólo un rato. Mientras resolvían la situación de si retenerlo o no, nos tuvieron ahí parqueados. Más o menos 3 horas duró eso. Que buena experiencia en mi primera vez usando eso, no?

Llegué a París más o menos a las 11 pm, había perdido toda la tarde que pensaba usar turisteando, pero ni modo. Me puse a buscar el hostal donde nos íbamos a quedar. Un francés me vio cara de perdida y me ayudó en inglés… fue súper amable, contrario a lo que todos me habían dicho de la antipatía de los parisinos.  Fue mi primera experiencia en un hostal en el que se comparte habitación con 5 personas más, pero afortunadamente nadie se quedó allí esas noches… tenía una habitación con 6 camas para mi sola.

Issa llegaría el sábado en la tarde, así que me levanté temprano y salí a la calle. Turistear en modo forever alone tiene sus pros y sus contras: uno puede escoger libremente qué hacer sin tener que molestar a nadie, al ritmo que uno quiere, comer cuando se le de la gana, etc. Pero tiene cosas incómodas como tener que estar preguntándole a desconocidos que te tomen fotos x o no tener con quién hablar y comentar sobre la ciudad. Hice la primiparada de pagar un bus “hop on, hop off”, de esos rojos que te dejan bajarte y subirte en cualquier sitio turístico de la ciudad. Me sirvió para dar un primer vistazo y para ubicarme bien, pero sabía que volvería con más calma luego. Como soy tan precavida y nada despistada, la cámara se me descargó y tuve que recurrir al lugar al que todo turista en busca de enchufe, internet o baño recurre: ¡Starbucks! Luego de un tiempo llegó Issa y caminamos por todas las atracciones turísticas de París, pero no entramos a ninguna. En la noche cenamos con una profesora de él (motivo por el que tenía que ir a París) en un restaurante muy play y delicioso patrocinado por su U, y ya casi a media noche nos quedamos fuera de la torre Eiffel esperando que se iluminara por última vez, ya que sería la única noche que estaríamos allí. Resultó este vídeo:

París, la ciudad del amor. La que gracias a las películas de Hollywood y a las imágenes de Tumblr todos sueñan conocer. La que los que ya conocen describen como magnífica. Personalmente yo no la encontré tan hermosa. Si, la torre Eiffel, el arco del triunfo, el Louvre, el Notre Dame, los Champs Élysées son gigantes y hermosos, pero la ciudad en sí no me pareció digna de ser la ciudad con la que todos sueñan. No sé, le falta magia. Tal vez se la quita la gran cantidad de turistas en las calles o los intensos vendedores africanos intentando venderte llaveros de torre Eiffel en todos los idiomas. En todo caso, creo que hay ciudades mejores que a nadie se le ocurre conocer pero si tienen esa anhelada magia.

Mientras estuve allí en lo que más me fijé fue en el metro. Vivo en una ciudad en la que el transporte es horriblemente desordenado, tal vez eso explica mi fascinación por los sistemas de transporte público de toda ciudad a la que llego. El funcionamiento del metro de París me pareció impecable, siempre hay una estación cerca a ti, los trenes llegan a tiempo y aunque está lleno, nunca tanto como un Transmilenio. Aunque también allí se pueden encontrar varias de las incomodidades que se encuentran aquí, como los que allá llaman “pickpocket” (ladrones) y los que se suben a tocar música y pedir plata a cambio.

Como el domingo era el último día decidimos usarlo en hacer lo que todo turista debe hacer en París y que yo no había hecho hasta ahora: entrar al Louvre y subir la torre Eiffel. Obviamente el Louvre es gigante y recorrerlo completo y detallando todo tardaría días enteros, pero yo no soy una gran amante del arte ni nada, así que con ver lo básico me bastaba. Por ser residentes europeos la entrada nos salía gratis. Como no llegamos temprano había muchísima fila pero no entramos por la entrada principal sino por la del museo, mucho más vacía. Dimos un recorrido rápido, vi los artistas que me interesaban y finalmente entré a ver la Mona Lisa. Me arrepentí al momento: está en una sala demasiado llena, acordonado en un muro y es un cuadro muy pequeño y nada extraordinario con el que todos quieren tomarse fotos. Francamente me gustó más el cuadro gigante que está en la pared contraria.

Salimos y nos dirigimos a la torre Eiffel. Ese día decidió llover, pero a pesar de eso la fila para subir en ascensor era larga. Como no teníamos mucho tiempo, y además salía a mitad de precio, decidimos subir por escaleras. Nos mojamos, cansamos y yo estaba muerta del susto.


La vista es divina y uno se siente en la cima del mundo. Hay un letrero que señala en qué dirección y a cuántos kilómetros queda cada país. Estuvimos un buen rato ahí, disfrutando (y descansando) y luego bajamos.

A las 6 pm estaba esperando al conductor que me llevaría de vuelta a Saarbrücken, pues al otro día tenía clase temprano. El viaje transcurrió tranquilo, a diferencia del de ida.

Con Issa
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