Partyslava – Lucía en el País de la Cerveza

¿Quién ha escuchado el nombre “Bratislava”? Apuesto que si les pongo un mapa la mayoría de ustedes no sabría ubicarlo. Lo máximo que sabrían es que lo mencionaron en Eurotrip. Y si su memoria les llega hasta allá recordarán como era un pueblo horrible, gris, atrasado, en el cual la gente se pelea por cualquier centavo turista. Pero si su memoria no les llega allá o no se han visto la película les dejo el vídeo:

Yo llegué con esa imagen allá y resulta que es un cruel estereotipo. Malditos gringos. Sí, es cierto que es una ciudad muy pequeña y como fuimos un domingo todo estaba desolado, pero la verdad era una ciudad muy bonita.

Llegamos allí temprano en la mañana del 1 de Abril y el clima respecto a los últimos días era diferente: en Budapest había sol y 19º pero un viento terrible, Bratislava nos recibió sin sol, llena de nubes y hasta con una ligera nevada. Nos registramos en el Hostal, que se veía con un ambiente muy chévere y fiestero y salimos a recorrer.

Bratislava es la capital de Eslovaquia, ubicada también a las orillas del Danubio. A un lado del río está el centro, clásico, lo turístico, y al otro lo nuevo y residencial. Nosotros por supuesto nos movimos en el lado turístico, que es pequeño y se recorre en nada.
vista del lado moderno de la ciudad, que incluye una torre-mirador en forma de OVNI con restaurante
Al haber estado el día anterior en Budapest realmente la arquitectura de Bratislava no es nada del otro mundo, nada imponente ni grande, sino más sobrio y pequeño pero bonito. Eso, sumado a que fuimos un domingo en el que tooodo estaba muerto y callado, y al clima disque primaveral pero más invernal, hicieron nuestra estadía allí muy calmada y tranquila. Recorrimos los edificios emblemáticos: iglesias, alcaldía, museos; y nos divertimos un rato con las estatuas que habían por el camino…
 
También hay un castillo, en lo alto de una montaña, cuyo atractivo en realidad es la hermosa vista de la ciudad más que el castillo en sí. Yendo hacia allí encontramos que uno de los platos típicos ofrecidos en restaurantes caros eslovacos es…
…¡Lechona!

Como era tan pequeña ya casi habíamos terminado de recorrerla cuando, en uno de sus callejones, Pedro se quedó anonadado viendo un aparato de esos con palitos y bolitas metálicas que por la gravedad o magnetismo o yo qué sé (nunca he entendido esas cosas) nunca se dejaba de mover, NUNCA. Ahí sacó el ingeniero que lleva dentro y explicó que cuadrar un palo tan sólo UN milímetro haría que eso no funcionara. Entramos a la tienda y resulta que era una juguetería. Pero no una juguetería de Barbies y Hot Wheel sino de juguetes raros. El dueño era un gringo extrovertido y feliz que nos recibió con un cálido “¡Siéntanse libres de jugar con lo que quieran!” y una gran sonrisa.

Estuvimos ahí entretenidos un muy buen rato, pues al fin y al cabo ya no teníamos casi nada por turistear, hasta que Juli, extrovertida y melómana como es, le armó la conversa al man por la música que estaba sonando, que según ella casi nadie conocía. ¿Pueden creer que no me acuerdo el nombre del man? Por eso me referiré a él como “el gringo”.

Nos contó que había llegado a Bratislava como voluntario de esos que se van a países raros a… no sé, a lo que sea; al principio tuvo que vivir con una familia eslovaca que no hablaba ni una palabra de inglés y por eso había estado obligado a aprender eslovaco y ahora lo hablaba perfectamente. Después había sido militar allí y había trabajado en la embajada como traductor muchos años hasta que un día decidió renunciar, mandarlo todo a la mierda y abrir una juguetería. ¡Qué ejemplo a seguir! Todo eso había pasado ese día hace 10 años (es decir hoy hace 11). Nos dio muffins por el cumpleaños de la juguetería y nos contó que también era el cumpleaños de su perro. “Hoy es un día muy importante y quiero celebrarlo. Hay un lugar muy bonito y tranquilo en medio del bosque, ¿quieren ir?”

“No, nosotros no hablamos con extraños ni vamos a lugares perdidos con desconocidos”.

Fin de la historia.

Jajaja, esa habría sido la respuesta que mi mamá querría que diera. Pero nosotros, rompiendo toda regla de “no-hables-con-extraños” accedimos y quedamos de encontrarnos a las 6pm ahí cuando él cerrara la tienda, para irnos juntos.

Así que almorzamos, compramos un trago típico de 72% de alcohol, lo guardamos en nuestra habitación, salimos, dimos una vuelta y a las 6 en punto (ya acostumbrados a la puntualidad alemana) estábamos allí. Nos llevó en su carro a su casa, recogimos a su perro y salimos caminando al bosque. Sí, un bosque frondoso y gigante como lo imaginan. Incluso vimos pasar corriendo a un ¿venado? y el perro se puso a perseguirlo.

Encontramos su spot favorito, un claro en lo alto de una colina en el que había una mesa de madera y se podía ver toda la ciudad. Era una vista hermosa y un lugar lo más de tranquilo. Nos sentamos, hablamos un rato de cosas como la antena de TV que pusieron en Bratislava los soviéticos para no dejar entrar la señal de canales capitalistas. Él sacó una botella de home-made-algo-alcohólico (no tengo npi qué era) y un porro. Todos los demás aceptaron pero yo, que tengo el chip de la desconfianza bien insertado por mi mamá, prefería estar en mis 5 sentidos.

Típico: estás caminando por Bratislava y de pronto te encuentras en medio del bosque fumando porro con un gringo ex-militar, celebrando juntos el cumpleaños de su juguetería y de su perro.

Había estado desconfiando desde que nos subimos a su carro y ahora después de ver el atardecer (hermoso, por cierto) estaba cada vez más oscuro. Pedro también estaba un poco inquieto, aunque también turro (volado), y a Jorge como que se le pegó nuestra desconfianza. Juli, como ya conté, cree en la bondad de la gente y estaba de lo más tranquila y feliz hablando con el gringo como si fuera un amigo de toda la vida.

Por fin, por mutuo acuerdo (o no me acuerdo quién lo sugirió), nos paramos para irnos a tomar una cerveza. Les recuerdo que era domingo, todo lo cercano a un bosque a esa hora ya estaba cerrado. Caminamos hacia la ciudad bordeando una carretera solitaria y oscura. Yo seguía inquieta, pero a Pedro en medio de su viaje le dio la paranoia: “todo está oscuro y solo… aquí nos puede asesinar en cualquier momento, o secuestrar, o violar, o descuartizar, o lo que quiera”. Así que en un acto de infinita valentía nos alejamos lo más que pudimos y dejamos que Juli fuera adelante hablando con él, hasta que llegamos a un restaurante/bar que se veía muy bien y hasta un poco gomelo, que además quedaba relativamente cerca a una parada de bus.

Ahí ya me tranquilicé y disfruté la charla. Resultó ser un tipo muy interesante e inteligente. Había estudiado derecho en USA, llegado de loco a Bratislava, hecho una maestría en “Derecho de la comida” (de hecho fue uno de los fundadores del programa en esa universidad) en Inglaterra, creo. O en Holanda, no recuerdo bien pero era uno de esos dos. Luego había trabajado en la embajada hasta que se mamó de lo infeliz que era y llamó a su papá a decirle que iba a renunciar. Su papá era un señor hecho y derecho en USA y su hermana era actriz, había hecho un papel muy secundario en Scrubs (mi serie favorita). Le dio su mail a Juli y nos fuimos. De todo esto no hay ni una foto porque nosotros somos más de disfrutar el momento que de tomar fotos.

Llegamos al hostal mamados… ¡Suficiente por un día! ¿no?

PUES NO.

La habitación en la que nos quedábamos era de 10 personas, y aparte de nosotros se alojaban ahí 5 italianos que fueron a celebrarle el cumpleaños a un amigo polaco que vivía en Bratislava. Abrimos la puerta de nuestra habitación y lo primero que vimos fue un desorden, ruido, trago, música y unos italianos dándonos la bienvenida a su fiesta. “WELCOME TO PARTYSLAVA!!!!”. Pues qué se le hace ¡tocó seguir rumbeando! Ellos nos contaron que llevaban ahí como 3 o 4 días, todas las noches de rumba y ya conocían todos los bares y discotecas de la ciudad. Nos propusieron salir y a nosotros como no nos gusta rumbear pues.. ¡nos pareció excelente idea!

No caímos en cuenta de un pequeño detalle: era domingo. Ahora, ustedes podrán pensar que eso no es gran problema, pero la verdad es que los domingos en la mayoría de países europeos son deprimentes. No hay otra palabra. Es la razón por la que la gente allá se suicida tanto. True Story.

Entonces fuimos a todos y cada uno de los bares y discotecas de Bratislava y todos y cada uno de ellos estaban cerrados. Caminamos un par de horas o más, recorrimos la ciudad un par de veces o más, gritando, cantando, y haciendo el ruído que sólo unos italianos y colombianos en estado de no-sobriedad podían hacer en una noche de domingo de una ciudad pequeña.

Al final nos rendimos y volvimos al hostal. Ya eran como las 3:30 – 4 am. Comimos un Kebab (tradición cuando estábamos borrachos) y nos fuimos a dormir, pues al siguiente día salíamos temprano hacia Viena. Ellos siguieron celebrando.

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