Viena – Lucía en el País de la Cerveza

Bratislava y Viena quedan realmente cerca, el viaje en bus no duró nada. Llegamos a una estación en medio de la nada y teníamos que ir al otro lado de la ciudad, donde nos recogería Valentina, la amiga de Jorge que nos iba a hospedar.

Al llegar a Viena nos sentimos un poco más cómodos que con las anteriores ciudades, pues es un lugar de habla alemana, ¡por fin un idioma que medio entendíamos! La desventaja es que en serio estábamos en medio de la nada y no había nadie a quién preguntarle. Compramos un tiquete de 3 días para usar el servicio de transporte público de Viena mientras estuviéramos allí. Verificamos la ruta que necesitábamos y antes de entrar al metro yo validé mi tiquete “¡No! ¡No hagas eso! Es un tiquete de 3 días, no podemos estar validándolo cada vez que entremos” me dijo Jorge, todos estuvieron de acuerdo y ninguno de ellos validó el suyo. Además íbamos de afán.

En fin, llegamos a nuestro destino, nos recogió Valentina y fuimos a su apartamento. Vivía en lo que en alemán se llama “WG” (se pronuncia ve ge), o apartamento compartido, de 5 habitaciones y muy hippie. Lo primero que se notaba al entrar era el marcado olor a marihuana. Pero la decoración del lugar no se quedaba atrás: muy colorida, muebles vintage, pósters de reggae y cosas así. Ella muy amable esa noche dormiría donde su novio para dejarnos la habitación a nosotros solos. Después de acomodarnos salimos a recorrer la ciudad.

Viena es una ciudad importante en la historia occidental y con gran nivel cultural. Los edificios son grandes e imponentes y hay muchos museos y eventos de literatura, música y teatro. Es el destino turístico perfecto de los amantes de la música clásica, el mundo imperial europeo preguerras, los museos, el arte y la ópera. Personalmente, aunque me pareció estéticamente bonita y con mucha razón digna de admirar, no me gustó el ambiente de la ciudad. Era como muy pretenciosa, había como un aire de superioridad en la gente, simplemente me sentía fuera de lugar, no sé si me explico. Está bien para pocos días, preferiría dedicarle más tiempo a otras ciudades. Además mientras recorríamos las calles no dejaban de acercarse tipos vestidos de Mozart a ofrecernos entradas a un “show inolvidable de ópera” por 30 Euros. Eran casi tan intensos como las señoras que se acercan a hacer “chaquiras” y vender cocadas en las playas de Cartagena.

En un momento nos encontrábamos caminando cerca a la Ópera de Viena. Entramos por una puerta medio escondida a preguntar una bobada (en serio, íbamos a preguntar dónde había un baño o algo por el estilo) y el celador en vez de responder nos hizo quedar ahí. Resultamos en una fila para entrar a la función del día de la ópera. Como no quedamos muy lejos de la ventanilla podíamos ver claramente el precio de la entrada. Y adivinen. Una función de la ópera de Viena. Después de que nos ofrecían entrada a las óperas no oficiales por 30€… Pues a esta podíamos entrar ¡por 4€! Obviamente no era la mejor ubicación del mundo, pero íbamos a entrar. La fila cada vez era más larga, ese celador en realidad nos hizo un favor muy grande. Después de un par de horas haciendo la fila (y aguantando las ganas de ir al baño) pudimos entrar. Lo único es que teníamos el atuendo adecuado: mochileros-vaciados-llegamos de Bratislava hace sólo unas horas-no hemos dormido nada-y justo se nos dio por vestirnos lo más fosforescente posible. Pedro llevaba una camiseta amarilla con rojo y Juli una azul cielo con letras amarillo. Se imaginarán cómo pegábamos de bien con el resto de los asistentes, vestidos de traje y corbata, vestido y tacones. Sus miradas hacia nosotros lo decían todo. Pero qué se le hace, no por eso íbamos a dejar de disfrutar.

Efectivamente no era el mejor lugar: nos tocó de pie toda la función. Pero si era mejor de lo que pensábamos, la tarima estaba bastante cerca. Era una obra en italiano, cuyo nombre no recuerdo, y teníamos subtítulos en inglés o alemán. Estuvo entretenida y recuerdo que me hizo reír un par de veces. En la pausa entre actos nos fuimos a tomar un café con la gente en traje. Fue una experiencia chistosa.

Ya en la noche volvimos y estuvimos hablando con uno de los roommates de la amiga de Jorge, muy amable. Era antropólogo, rasta y muy buena onda. Como buen hippie moderno usaba CouchSurfing y esa noche tenía 2 surfers españoles. Hablamos por largo rato y nos dieron dos tips: podíamos usar bicicletas gratis por toda la ciudad, la clave estaba en regresar las bicis cada 20 mins, descansar 5 mins y volver a alquilarla. Españoles mañosos. Y debíamos ir a almorzar a un lugar en el que podíamos comer las veces que nos diera la gana y pagar lo que quisiéramos.

El primero no nos servía de a mucho porque ya teníamos tiquete para todo el tiempo allá. Pero el segundo ¡wow! Al otro día esábamos allá y sí, es real. Es un buffet y uno se sirve cuantas veces quiera de lo que quiera. La comida es rica en serio (al menos para mi gusto) y al final preguntan “¿cuánto desea pagar?” Lo único que tiene precio fijo son las bebidas. Si se te antoja pagar 50c no hay problema, así como tampoco lo hay si crees que el almuerzo merece 50€. Buena estrategia, ¿no?

 

Para bajar el almuerzo decidimos alejarnos de la ciudad y disfrutar de un lindo paseo en el palacio Schönbrunn, la casa de verano de la emperatriz Sissi. Se trata de una gigantesca construcción de color amarillo de los tiempos en los que la realeza se demostraba con el tamaño de los palacios. No entramos a ver las excentricidades que seguro tenía la emperatriz en las numerosas habitaciones y salas del palacio porque bueno, mochileando se tiene poco presupuesto y se debe usar sabiamente, pero sí recorrimos los jardines, que no es poco: además de las hermosas zonas verdes, incluye un lago, un laberinto y hasta un zoológico. Y subiendo hasta la parte más alta tuvimos un espectacular vista de la ciudad de Viena. Estar allá era el paraíso; tranquilidad, cerveza en mano, ver el sol caer, y una buena charla hicieron de nuestra tarde un “esta es la vida que merecemos”.

En la noche ya por desocupados (y alcohólicos) que somos compramos una de vodka y nos pusimos a jugar “yo nunca he”. Fue la primera vez que realmente nos conocimos (recuerden que nos habíamos conocido hace sólo 3 semanas) porque ese juego SIEMPRE incluye información personal que de otra forma muy seguramente no se sabría. Cuando se acabó el vodka quedamos con la aguja preinda, por lo que nos tocó sacar el trago que habíamos comprado en Bratislava, se llamaba “Tatratea” y tenía 62% de alcohol. Dos shots de eso y quedamos listos. Desde ese día le decimos de cariño a ese trago “Te-trastea”. Todavía guardo la botella vacia en mi cuarto.

Al despertar al otro día notamos que las paredes del baño estaban rayadas. Juli y Pedro habían cogido los marcadores y dejado letreros por todo lado. Marcadores permanentes. No sabíamos qué hacer, pues la única forma de quitarlo era pintando la pared otra vez. Otro de los roommates nos dejó un mensaje en el tablero que tenían ahí: Fuck you!!. Y con toda la razón del mundo. Todavía nos faltaba una noche más en Viena. Valentina se emputó resto, sobre todo con Jorge que era su amigo, pero nos dejó quedar. Imagínense la pena que teníamos.

Ese día fuimos a un mercado de pulgas que nos habían recomendado y encontramos harina pan, ¡qué emoción! (luego nos enteramos que no era tan difícil de conseguir, hasta en Saarbrücken se podía).

Luego fuimos a la tumba de Mozart, que quedaba bien lejos. En el tram de camino se subieron unos tipos tipo película encubiertos y con actitud misteriosa y de un momento a otro dijeron “quietos todos, ¡somos controladores!” Nos causó un poco de risa pero estábamos tranquilos porque teníamos el tiquete de 3 días. Me revisaron a mi primero. Todo en orden. Luego siguió Pedro. “Su tiquete no está validado, tiene que pagar una multa de 70€”. Nuestra cara en ese momento debió ser priceless. Revisaron a Jorge y a Juliana y ellos también tenían que pagar la multa. ¡Nos estaban cobrando 210€! Nos hicieron bajar para poder hacer bien el trámite. En verdad los controladores estaban de hp con nosotros.

“Nosotros no tenemos toda esa plata, ¿no ve que somos estudiantes mochileros?”
“Llevamos usando el tiquete 3 días e incluso en una estación ya nos habían revisado unos controladores, ¡esto es injusto!”
“No sabíamos que teníamos que validarlo!”
“Eu não tenho dinheiro!”

Fue lo que intentamos decirles en nuestro macheteado alemán. Creo que no nos entendieron. O si y se hicieron los pendejos. De todas formas para dejar todo claro y que no hubieran malentendidos, intentamos:

“Do you speak english?”
“NEIN!”

Lo peor es que se les notaba que sí nos entendían en inglés. Malparidos. Ya no sabíamos cómo más explicarles que no cargábamos 200€ en el bolsillo.

“Si no tienen efectivo los acompañamos a un cajero. No hay problema”

“Ahí está, como ustedes son turistas y nosotros tan buena gente les vamos a cobrar sólo dos multas. Son sólo 140€”. ¡Ay no pues, tan buena gente!

Jorge sacó su billetera para mirar cuánta plata tenía, pero ni pudo echar un vistazo porque en cuanto la abrió estaba ya la controladora sacándole todos los billetes. “Bien, aquí hay 60, les faltan 80”. ¿Ah? ¡Qué tal el descaro! Eso ya fue la tapa, nos pusimos a alegar aún más y su respuesta fue. “Ah bueno. Tocará llamara a la policía”.

Eso nos dejó blancos. Éramos extranjeros, suramericanos, colombianos, indocumentados en las calles europeas. Comprenderán que el pasaporte es un documento muy importante que NO se debe perder, por lo que preferíamos no sacarlo y dejarlo guardadito en un lugar seguro. No sé ustedes, pero yo como colombiana le tengo miedo a la policía en cualquier otro país (ver Paris) y no tener documentos no ayudaba. Además si íbamos  con la policía teníamos la posibilidad de salir perdiendo, que nos cobraran 210 en vez de 140 y además multa por indocumentados. Así que con cara resignada hicimos vaca y pagamos los 80 restantes. Bueno, hicieron ellos, yo en verdad no llevaba casi nada de plata y además había sido la única que había validado su tiquete. Estaba tan anonadada por esa injusticia y por el trato de los controladores que ni siquiera pude poner cara de “yo-se-los-dije”.

La visita a la tumba de mozart fue más sombría de lo que de por sí es una visita a un cementerio. Caras largas, aburridos y con menos plata en los bolsillos.

Apenas salimos fuimos a un supermercado por lo que era necesario en ese caso: una pola. Recorrimos las calles una última vez ahora sí con los tiquetes validados y dormimos esa última noche allí. Al otro día salíamos temprano a Praga.

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