Narcos: o cómo ver tu realidad como una ficción lejana

Captura de pantalla 2015-10-27 a las 2.03.44 p.m.
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Con este título, un colombiano desconocido me convenció de ver Narcos, algo que conocidos y amigos no habían logrado, a pesar de hablar muy bien de la serie en redes sociales y en conversaciones al lado de un tinto.

La verdad no quería ver Narcos, a pesar de mi bien conocida adicción a las series, por dos razones principales. Uno, se trata de un tema y una historia que ha afectado mi realidad, como la de todos los colombianos. Para mi no son simples personajes en una construcción ficticia porque, a pesar de no haber crecido en la Colombia de Pablo Escobar como el autor del artículo, hago parte de la generación que ha cargado toda su vida con las consecuencias de que esa Colombia haya existido. Dos, me preocupa y me hastía la abrumante proliferación de representaciones televisivas y fílmicas al respecto en los últimos años.

Sin embargo, estas dos razones convergen en mi pasión por los estudios culturales visuales y la preocupación por el impacto cultural que tienen las series y películas en el imaginario colectivo, y se volvieron una razón para ver esta tan aclamada serie. Eso, y que la curiosidad mató al gato.

 

Netflix presenta: Narcos

Con el primer clic en play me arrepentí. Me habían dicho que el acento de Wagner Moura, el brasileño que aprendió español en Medellín para hacer de Escobar, era horrible, pero no imaginé que tanto. No entendí la decisión de hacer la mitad de la serie en español. ¿Para intentar ser fieles con la historia? ¿Para hacer sentir bien a los colombianos? ¿Para aumentar el rating? En cualquier caso no lo lograron. Creo que era una decisión mucho más sensata hacerlo todo en inglés.

Y es que no se nos puede olvidar el público al que va dirigida la serie. Estadounidenses y europeos de clase media y media-alta, seguramente blancos, que han escuchado el nombre de Escobar y son conscientes del problema de la droga, pero para los que Colombia es algo exótico, en el sentido llamativo de la palabra, y probablemente no sabrían ubicarlo en un mapa. En el 2014, cuando Netflix anunció que se iba a hacer, el director Jose Padilha, brasileño también, afirmó que “la idea es contar la verdadera historia de cómo la cocaína se volvió un gran problema para Estados Unidos y Europa. Y cómo todo empezó en Medellín”.

Esa idea es la que me molestó a lo largo de la serie. La historia está narrada desde el punto de vista de un agente de la DEA de tal manera que se construye una narrativa de “salvación”. Como siempre, sin los gringos, los pobres y violentos países subdesarrollados no seríamos nada. Me molestó la idea de mostrar el gran problema que somos para las potencias, sin tener en cuenta el sufrimiento por el que tuvimos que pasar los colombianos y las vidas inocentes no-gringas que se perdieron en el proceso. Es cierto que lo mencionan y hasta muestran los cadáveres de forma cruda y directa, pero lo hacen muy superficialmente, pues ese no es el punto de la serie.

Probablemente en realidad las agencias de seguridad estadounidenses sí ayudaron al gobierno colombiano en la búsqueda y asesinato de Pablo Escobar. Pero repito, lo que me preocupa es el tipo de imaginarios que esta representación puntual y esta construcción narrativa y visual produce. Sobre todo en el público al que está dirigido, sobre todo en la plataforma en la que está montado (Netflix) que llega a tanta gente, sobre todo omitiendo detalles y complejidades que van más allá del héroe de la DEA en su eterna persecución al malo para llevar libertad y democracia a un país del tercer mundo y al mismo tiempo traer tranquilidad a su gran, civilizada, libre y democrática nación. Lo que me preocupa es que con Narcos colonizaron y banalizaron nuestra historia. Por lo menos una parte importante de ella.

 

“Los americanos nos están jodiendo”

escena que abre Mr. and Mrs. Smith

Es verdad que en Narcos no se muestran las ciudades como una selva como lo hicieron en Sr. y Sra. Smith y muchas otras películas, pero aún así toda la historia se siente como algo ajeno. Como una buena serie de época, muy al estilo Mad Men, lograron recrear los escenarios y vestuarios de Colombia en los 80s de forma muy detallada y precisa, pero para mi eso no es suficiente para hacerla creíble. Narcos se siente como una construcción totalmente ficticia con personajes irreales, lejanos a la realidad de este país, a la carga histórica y cultural que haber nacido en la Colombia de Pablo Escobar, me hace llevar.

Tal vez esto es producto de la mezcla de acentos brasileños (Escobar), puertorriqueños (Gacha), mexicanos (César Gaviria, Valeria Vélez) y cubanos (Carrillo) intentando ser paisas y rolos. Tal vez son los cambios de nombres reales como Valeria Vélez para Virginia Vallejo o la falta de nombres como Santofimio o los Castaño (y todo lo que eso implica). O tal vez es el hecho de que para referirse a ellos usen recurrentemente la palabra “americanos”, palabra que cualquier colombiano, cualquier latinoamericano y cualquier persona que entienda la diferencia entre América y Estados Unidos, no usa. En una parte incluso Moure dice “los americanos nos están jodiendo”, algo que estoy segura Escobar NUNCA diría.

Lo que me convenció del artículo le hizo falta a la serie: el punto de vista de los que tuvieron que vivir esa realidad. Uno, y hablo desde la parte colombiana de mi identidad, no se siente identificado con nadie. Sería bueno que algún día alguna producción audiovisual recreara el miedo que sentía la gente común y corriente. No la rabia del gringo, no la frustración del policía, no la difícil decisión del presidente, el miedo que hace que todavía muchos veamos con terror el solitario carro parqueado.

 

Realismo mágico

Todo esto no quiere decir que la considere una serie mala. De hecho si no estuviera metiéndose con hechos reales tan dolorosos y tan importantes para la carga histórica que hace parte constitutiva de la identidad colombiana, podría ser la próxima Breaking Bad.

La construcción de los personajes principales está muy bien hecha. Tanto de Escobar, al que no endiosan como han hecho en otras producciones sobre todo colombianas, como de Murphy, cuya moral y discreción deteriora a lo largo de su persecución a Escobar.

La serie además tiene una combinación de suspenso y acción que hacen que uno esté pegado capítulo a capítulo. Hay escenas que se me hacen brillantes, como la de Lehder metiendo coca mientras dice indignado por radio “si los gringos son los que consumen ¿por qué nos castigan a nosotros?”, y también frases que me encantaron porque pueden aplicarse a muchos otros escenarios, como “el propósito de la guerra es la paz”.

La serie abre definiendo Realismo Mágico como “lo que sucede cuando un entorno realista y detallado se ve invadido por algo demasiado extraño para ser real”. A lo largo de los capítulos intentan recrear, desde su punto de vista externo, la locura que llevó a Escobar a realizar actos demasiado extraños para ser reales en un entorno realista y detallado. La cita continúa “No es de extrañar que el realismo mágico haya nacido en Colombia”. Pero tampoco es de extrañar que los que hayan visto la oportunidad de comercializarlo, y hayan sido exitosos en ello, sean de una cadena como Netflix.

 

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