Seis meses en la Gran Manzana – Capítulo I

Me considero una persona de pocas palabras, de esas que hablan poco y escuchan mucho prestando atención a los detalles. Y como siento que no soy buena en cuanto a expresión oral, encuentro en las palabras escritas un medio de expresión hermoso, muy único y personal. Por eso siempre estoy escribiendo, aunque casi nunca lo publico precisamente por lo personal: desde hace un tiempo me incomoda revelar tanto sobre mi.

Hace años cargo un cuaderno de portada de los Beatles donde hago anotaciones de mis viajes. Ahí siguen plasmados mi año en Europa y mi mochileada por Perú que por cosas de la vida nunca publiqué aquí como prometí. Cuando no lo tengo a la mano abro la aplicación de Notas en mi celular. En un momento impulsivo de esos que suelen darme decidí usar ese material para hacer una de las cosas que más me apasionan en esta vida y que no he practicado lo suficiente: escribir crónicas. Así que aquí va mi enfrentamiento con esa incomodidad, en forma de narración de seis reveladores meses en mi vida.

Los nombres de todos los que aparecen en la historia han sido cambiados.

Capítulo I

1.

El avión aterriza un domingo a las 6 de la mañana en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York. Es la ciudad de mis sueños, que crecí viendo en mis series y películas favoritas y leyendo en innumerables narraciones ficticias y reales. Hoy me siento parte de una de esas narraciones, como si el correo que me avisaba que había sido seleccionada para realizar una pasantía en la delegación de Colombia ante la ONU fuera un mal chiste.

Por la ventana del taxi no puedo evitar quedar maravillada ante la blancura de las calles. Ya antes había visto y vivido la nieve, pero aquí le da un toque mágico al momento. Llego al que será mi hogar los próximos 6 meses, un edificio de ladrillos con escalera de incendios, en una cuadra de Queens donde todos los edificios son iguales. Concuerda totalmente con el imaginario de los edificios residenciales en esta ciudad. Mi habitación es grande, con cama doble, mesita de noche y televisor. Me siento afortunada de haber conseguido un lugar tan bueno a buen precio mientras acomodo todas mis pertenencias en los dos armarios y decoro las blancas paredes con una mandala y varias fotos.

Patricia, la dueña de la casa, me da la bienvenida medio dormida. Bajita, pelinegra y medio gordita, es de esas señoras que esperaría encontrar rezando el rosario con mis tías en la iglesia del barrio. Es una bogotana que llegó a Estados Unidos hace muchos años a trabajar en el consulado colombiano, y ahí se quedó hasta pensionarse. Se casó con un gringo, que paradójicamente ahora vive en Colombia para recibir tratamiento de una enfermedad renal grave, y con el que no tuvo hijos.

Como acomodó su cuarto en lo que asumo que era la sala, el espacio común que queda es poco. Sentadas en el pequeño comedor, bajo la mirada de Jesús y sus discípulos en un cuadro de la última cena, me explica las reglas de la casa: puedo llegar a la hora que sea siempre y cuando no haga ruido, no puedo invitar a nadie a dormir (“¡mucho menos hombres!”) y debo ser muy limpia, sobretodo en la cocina, de otro modo las cucarachas podrían aparecer. Pati, como me pide que la llame, habla con una ternura dura y esa primera noche me ofrece una sopita “para este frío tan tenaz”.

Mi primer día de trabajo, gracias a la burocracia de cancillería y de mi universidad, coincide con mi cumpleaños número 24. Yo nunca he salido u organizado grandes fiestas de cumpleaños, pero me gusta celebrar de alguna forma y pensar que es un día especial. Y aunque celebré con mi familia y amigas más cercanas antes de irme, es muy raro cumplir en un lugar lejano, rodeada de gente que no me conoce. ¿Qué hace uno en esa situación? ¿”Mucho gusto, me llamo Lucía y estoy cumpliendo años”? No es mi estilo. Tampoco es mi estilo llegar puntual, pero me toca de ahora en adelante. Saludo a varios de mis compañeros practicantes que ya conocía de la inducción en Bogotá y conozco al personal administrativo.

Hace un par de semanas me rompieron el corazón por primera vez en la vida y el clima parece reflejar mi tusa: la tormenta de nieve de ese día haría ver al vórtice polar como algo insignificante. El frío, la oscuridad y sobretodo una cantidad abrumadora de nieve invadieron la ciudad a tal punto que cerraron aeropuertos y pararon actividades en muchos lugares. Por esa razón, después de firmar el acta de inicio con fecha de 26 de enero, nos mandaron a la casa y nos dijeron que no regresáramos hasta el miércoles.

2.

El primer mes ha sido muy difícil. Me estoy adaptando a esta nueva vida. Ya sé cuál es la mejor ruta para caminar hacia la estación de metro y la hora a la que debo salir para llegar a tiempo. Sé más o menos los restaurantes que hay al rededor de la oficina o las cosas fáciles que puedo cocinar para llevar al almuerzo. Sé dónde puedo hacer mercado y cuánto gasto. Sé cada cuánto debo lavar ropa, afortunadamente en mi edificio hay un cuarto de lavandería.

La primera semana no hice nada de trabajo realmente. Los 9 practicantes estuvimos flotando por la oficina mientras esperábamos que nos asignaran jefe y nos dieran el carné para poder entrar a la instalaciones de la ONU. Ese tiempo lo pasamos bonding. Yo bondeé especialmente con Antonio, un diplomático que estaba a punto de terminar de trabajar allí, y de María, la encargada de la cocina.

Mis compañeros, así me acabaran de conocer, me compraron una torta y reunieron a todos para cantarme el cumpleaños. Esa fue la primera vez que estuvimos todos los funcionarios reunidos, y por lo tanto la oportunidad perfecta para hacer una presentación general. En la misión, aparte del personal administrativo (secretarias, recepcionista, señora de los tintos y conductor), hay 8 diplomáticos, 2 embajadores alternos (o DPR) y una jefe de misión, la embajadora – también llamada PR, léase en inglés: pi ar. Uno de nosotros iría a trabajar con ella y eso nos tenía atemorizados, porque según lo que nos habían contado, trabajar con ella es algo así como vivir en El Diablo Viste a la Moda. Ya me imaginaba yo a lo Anne Hathaway cargando su abrigo en una mano y un café hirviendo en la otra mientras me miraba de arriba a abajo por mi forma de vestir.

Finalmente el viernes me asignaron dos jefes: Paola, de la Cuarta Comisión (Política Especial y Descolonización, que incluye las Operaciones de Mantenimiento de la Paz, más conocidas como “los cascos azules”); y Camilo, encargado de todo lo que tiene que ver con seguridad (drogas, terrorismo, trata de personas, entre muchos otros).

3

Odio Nueva York. Odio sus calles sucias, su basura, sus ratas y cucarachas. Odio al cantidad de gente, y que todos vayan de afán. Odio cuando la nieve se derrite y se pone negra y deja todo resbaloso. Odio no poder practicar casi inglés porque trabajo en una oficina colombiana y vivo en el barrio más latino de la ciudad. Odio que haya tantas opciones de cosas por hacer y lugares por visitar, ¡soy demasiado mala para escoger! Odio que siempre haga tanto frío y esté oscuro, no veo el sol desde que estaba en Bogotá. Odio tener que embutirme en un metro más lleno que Transmilenio, en el que muero de calor por la cantidad de gente y de ropa sumadas a la calefacción. Nunca lo pensé, pero odio esta ciudad. Creo que lo único que me gusta es que cada quien está en su cuento y vale huevo lo que uno haga.

La verdad es que me siento muy sola. En parte porque extraño demasiado a personas que dejé en Bogotá, en parte porque soy tímida y callada y me cuesta socializar con personas que acabo de conocer, en parte porque, inconscientemente, puse una barrera y no dejo entrar a nadie nuevo a mi vida. El punto es que creo que estoy deprimida. No tengo apetito nunca, como solo una vez al día, siempre porciones pequeñas. Los fines de semana a veces se me olvida y puedo pasar dos días enteros a punta de agua. Tengo tanto insomnio que hay días en los que cuando me doy cuenta ya es hora de levantarse. Tengo náuseas y dolor de cabeza constantes. Tengo las defensas tan bajas que me la paso enferma. Como en un capítulo de How I Met Your Mother, varias veces me he puesto a llorar en el metro sin que me importe, pues hay momentos tan overwhelming que simplemente no puedo controlar las lágrimas. No puedo concentrarme en lectura de libros o en el trabajo y, a veces, cuando espero el metro veo ese carril vacío en el que en cualquier momento pasará un tren a toda velocidad, como una solución. Y eso, porque el edificio donde trabajo es demasiado chiquito.

Pero lo peor de todo es que me siento mal por sentirme mal. Es cuando más he notado la autovigilancia de la que habla Foucault. En teoría todo está bien: vivo en la ciudad de mis sueños, trabajo en un lugar en el que muy pocos tienen la oportunidad, no tengo deudas ni problemas de salud y mi familia y amigos están orgullosos de mi; debería ser el momento más feliz de mi vida. Pero la verdad es que no lo es, no puedo evitar estar así o controlarlo y es demasiado doloroso salir todos los días a fingir que me siento bien, sonreír cuando mi mamá me dice por facetime que he adelgazado y, sobretodo, no tener con quien hablarlo.

Me duele la vida. Y temo que en el futuro, cuando vuelva la mirada hacia este momento, asocie las calles de Nueva York, las plenarias de la ONU, el metro, Central Park, mi vida acá, con ese dolor.

 

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