Seis meses en la Gran Manzana – Capítulo II

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Capítulo II

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Es increíble el poder de la música, especialmente cuando uno está así de sensible como yo en este momento. Escuchar una canción mueve todas las fibras del cuerpo. No soy experta en el tema, pero estoy segura que afecta nervios y regiones del cerebro que modifican nuestras actitudes. Con una canción puedo ponerme triste o feliz. Llevo desde el año pasado sin escuchar nada de música, ni en el transporte público, ni en la casa, ni cuando camino, ni en el trabajo, por miedo a que la melodía o letra de alguna canción me afecte demasiado. Pero ya he estado más de dos meses acá y creo que llegó el momento de reconciliarme con la música.

Mis días comienzan con la lectura del journal, donde dice todas las reuniones del día en la ONU, mientras como un desayuno sencillo que seguramente hice de afán. Un nuevo día de Zona Ganjah suena mientras camino a la estación del metro, que queda a 10 minutos de mi edificio. Estoy segura que esta canción es la responsable de mi cambio de actitud hacia la vida; hace que comience el día llena de energía y con una sonrisa.

Llego a la estación Jackson Hts/Roosevelt Av., una de las más grandes e importantes de Queens, que conecta 5 líneas diferentes. Al ritmo de Riptide de Vance Joy o Stolen Dance de Milky Chance me subo en un E dirección Manhattan y en 12 minutos estoy en la estación de mi oficina, que para mi desgracia y porque la vida es así, tiene escrito el apodo de mi ex en todas las paredes. A veces me toca subirme en un R y llego unos minutos tarde. De todas formas 9 am no es una mala hora para empezar la jornada laboral.

Me siento en mi puesto de trabajo, abro Spotify y Outlook y dejo sonar Sun is Shining de Axwell & Ingrosso o alguna de Robin Schulz como Waves Prayer in the C. Cada día es diferente, dependiendo de las reuniones que haya, los discursos que se deba preparar o los informes que tenga que hacer. Es un poco complicado tener dos jefes con temas distintos, así que depende también de lo que sea más prioritario. A veces paso todo el día en la oficina, a veces no salgo de salas de juntas en la ONU, a veces voy y vengo tres o cuatro veces.

Para saberlo, además del journal y la agenda de Outlook, voy todas las mañanas a las oficinas de mis jefes. Paola, joven, de mi estatura, muy fashion, me recibe siempre con un “Hola Luciíta” y una sonrisa antes de darme las tareas. Camilo, impecablemente vestido y peinado y protocolario como es típico en los diplomáticos de carrera, es más sistemático en la forma de decirme las prioridades. Él baja a fumar por lo menos 3 veces en la jornada laboral, ella también fuma pero no todos los días. A veces coincidimos y hablamos un rato con cigarro en mano. Son excelentes profesionales y personas que admiro mucho.

Me gusta que mis días no sean monótonos. Me gusta mantenerme ocupada y pensar en la política exterior colombiana o en los problemas de seguridad mundial. Además por fin dejé entrar a mi vida a tres personas muy especiales: una caleña, una paisa y una costeña se han vuelto mi familia acá (yo soy conocida como “la rola”). Ahora que el clima mejoró, cuando hay tiempo llevo mi almuerzo a Central Park y hacemos una especie de picnic en nuestro spot frente al lago, con Empire State of Mind de Jay Z y Alicia Keys de fondo. Esto relaja mucho para el trabajo en la tarde, que es largo. Además, en el primer piso de mi oficina está el único Juan Valdez de Nueva York, en donde a veces hacemos una pausa activa con café y almojábana o nevado. El trabajo nunca termina a las 6 pm en punto. Es más, muy pocas veces salgo antes de las 7.

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La mayoría de practicantes compartimos como espacio de trabajo una oficina con 5 escritorios en el segundo piso del edificio. Otros 3 practicantes están en el quinto piso, en mitad de todos los demás diplomáticos y administrativos y el practicante restante está en la oficina de la Embajadora, junto a su asistente.

Es un alivio trabajar en el segundo piso, sin el estrés de estar todo el tiempo vigilada y con muy buena compañía. Además de la nuestra, allí hay tres oficinas más, semi-aisladas de nuestros 5 escritorios: dos de diplomáticos y la agregaduría de Policía. En el segundo piso también se encuentran Proexport / Procolombia / Procomosellameahora y las oficinas administrativas de Juan Valdez.

El ambiente del segundo piso es muy diferente al del quinto, a donde sólo tengo que ir cuando mis jefes me llaman. Normalmente hablamos, compartimos noticias, nos ayudamos con los trabajos, nos reímos, ponemos música (Lean on de Major LazerOutside de Calvin HarrisHabits de Tove Lo y muchas otras); aunque a veces también nos estresamos y tensionamos. De vez en cuando los policías llegan y arman la charla o piden ayuda con algo que no entienden en inglés. Nos llevamos muy bien además con los practicantes de Proexport y las gerentes de JV nos cogieron cariño al punto que de vez en cuando nos dan café gratis.

En cuanto al trabajo, hago de todo, desde escribir informes, ayudas de memoria y bullets, hacer traducciones, organizar carpetas e información de un tema específico, llamar a otras delegaciones para cuadrar reuniones bilaterales o asegurar su asistencia a eventos de Colombia, hasta transcribir reuniones, revivir la cuenta de twitter de la misión o editar la página de Wikipedia de la Embajadora. Kygo se convirtió en mi acompañante incondicional mientras hago todo esto; Stole the show es más o menos el himno de mi tusa, que contrasto con canciones que me dan una inmensa tranquilidad como FirestoneSexual Healing y Here for you.

En este tiempo me enamoré de la música electrónica, y, por muy rara que suene esta combinación, también me la paso escuchando reggae, como Un Deseo de Cultura ProféticaVibra positiva de Zona Ganjah y Donde no estás de Ganja. La presencia permanente de la música a través de estas canciones y la incondicionalidad de mis tres excelentes amigas, fue mi apoyo más grande para salir de la depresión y por fin considerarme una persona feliz.

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La ONU queda a unas 20 cuadras de la Misión. Cuando hay tiempo y energía y hace buen clima voy y vuelvo caminando por la Lexington o la Tercera Avenida al ritmo de  Clarity de Zedd y Bad de David Guetta. De lo contrario, hay un bus que tarda como 10 minutos en recorrer ese tramo. Hay demasiadas reuniones al mismo tiempo, así que debo asegurarme de entrar en la sala de juntas (Conference Room – CR) que es. Me siento en el puesto de Colombia, en la silla de atrás si hay algún jefe, en la silla principal si no hay nadie más. Al ser practicante no estoy autorizada (y tampoco quiero tener la responsabilidad, gracias) para hablar en nombre de mi país, así que mi papel básicamente es sentarme, hacer presencia, escuchar los discursos e intervenciones de los demás países y tomar nota para después enviar un informe a Bogotá. Cuando hay negociaciones es muy chévere ver las diferentes posturas, pero también puede ser agotador tener que esperar horas a que se pongan de acuerdo en una coma o punto. Sin embargo, la mayoría de reuniones a las que voy son de innumerables discursos y funcionan de la siguiente manera: se prepara un discurso sobre el tema, que dure entre 3 y 5 minutos; se asegura de obtener un buen lugar en la lista de oradores (mi récord fue el puesto 13); el PR o DPR llega 10 minutos antes de su turno, lee el discurso, se queda 10 minutos después y se va. Uno ya sabe quién es diplomático y quién practicante y, normalmente, las salas están todo el día llenas es de interns. Es bueno socializar con ellos, así se puede intercambiar notas y esas cosas.

Al almuerzo hay un buffet por peso en el que la comida es buena y no muy cara. Uno aprende trucos para que salga más barato: el recipiente menos pesado, la bebida de dispensador y no en lata o botella, la cantidad adecuada de comida. Pero muchas veces los eventos tienen eventos paralelos (side-events) o hay eventos especiales con comida gratis. Esta es la alimentación básica de los practicantes que trabajamos gratis en una ciudad tan cara: nos pagan en cuatro tipos diferentes de sándwiches, papas de paquete o galleta, y una bebida. Después de almorzar uno se va a una sala llamada Qatar, que es tan cómoda y tiene una vista tan hermosa al Hudson, que muchos usan para echarse un motoso. También puede darse un paseo por los jardines, escuchando Photograph de Ed Sheeran, que en primavera y verano son hermosos. Así se coge energía para las reuniones de la tarde, que vuelven a comenzar normalmente a las 3 pm.

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A medida que el atardecer se hace más tarde y la luz del sol está por más tiempo, más ganas y energía tengo de hacer diferentes cosas al salir del trabajo. En invierno por el clima (y mi actitud) normalmente iba directo a la casa a estar en Netflix debajo de las cobijas. Pero ahora salgo a caminar (¡incluso trotar!), a descubrir las calles y parques de esta maravillosa ciudad, o a comer o tomar cocteles con mis amigas a lo Sex and the City en un rooftop de Manhattan. Comida hindú, italiana, japonesa, o simplemente las geniales hamburguesas de Shake Shack, hay literalmente un mundo de posibilidades. A veces incluso las acompaño a ver tiendas de ropa, ¡yo!

Los viernes o sábados regularmente salimos a rumbear, ya sea a la Bomba Party (fiesta latina por excelencia que se hace mensual) o a alguna discoteca que esté de moda (probablemente en Meatpacking). Estas son The Nights de Avicii. Claro que a veces también nos quedamos en casa cantando las canciones de Caribefunk mientras nos arreglamos las uñas y hablamos, hablamos, hablamos.

Los fines de semana siempre también aprovecho para recorrer la ciudad. Imposible no cantar la canción de Mark Ronson y Bruno Mars cuando leo el “Uptown” en el metro. Hay tanto por conocer que los seis meses definitivamente no alcanzarán. Coger un ferry a Staten Island pasando por la estatua de la libertad, echarse en el pasto de Central Park a leer con cigarro en mano y jazz de fondo, caminar la Quinta Avenida, sentarse en Times Square a las 2 am (y quejarse de los turistas), bailar salsa en un Pier que da al Hudson, comerse un helado en Alphabet City, ver cine gratis al aire libre en Bryant Park, pasar por el Flatiron, estar un rato en Washington Square Park con todo el ambiente universitario de NYU, ir a los suburbios en Long Island a un asado lejos del agite de la ciudad, estar en una protesta en Union Square, cruzar a New Jersey y ver los rascacielos alejándose, caminar hacia arriba y hacia abajo el Highline, cruzar el puente de Brooklyn y llegar a Brooklyn Bridge Park a ver el atardecer sobre Manhattan, recorrer los barrios hipster de Williamsburg y Greenpoint pasando por los mercados de pulgas, hacer kayac gratis en el Hudson, quedarse anonadada con la gente que toca o baila en las estaciones de metro, hacer Brunch todos los fines de semana (¡con Mimosas ilimitadas!), recorrer museos, ir a una obra en Broadway, a ópera en el Lincoln Center o a un concierto en el Madison Square Garden, ver un partido de los Mets, de los Yankees, de los Rangers o de los Knicks, comer muchas alitas con cerveza, ir a Roosevelt Island en teleférico, subir al Rockefeller (mucho mejor que la vista desde el Empire State), escribir un ensayo en la Biblioteca Pública, ver fuegos artificiales desde el letrero de Pepsi-Cola, encontrar cerveza gratis en Battery Park, ir a festival de cine en Tribeca, entrar al Chelsea Market, ver el final de temporada de Game of Thrones en un bar, pasar horas en el metro, recorrer Governors Island en bicicleta, sentarse en Grand Central a ver a la gente pasar, perderse en las calles de este mundo en una ciudad y quedar simplemente asombrada.

Definitivamente amo Nueva York.

 

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